Edición del 18 de Noviembre de 2018

· Obligados a emprender

ADOLFO SALVADOR




La crisis económica castiga con dureza a un país como España donde el sistema educativo está volcado en la noble tarea de fabricar asalariados para toda la vida. Un programa pedagógico enfocado a la consecución del título académico que nos permita encontrar un puesto de trabajo permanente y, más o menos, bien remunerado. Todo eso […]

La crisis económica castiga con dureza a un país como España donde el sistema educativo está volcado en la noble tarea de fabricar asalariados para toda la vida. Un programa pedagógico enfocado a la consecución del título académico que nos permita encontrar un puesto de trabajo permanente y, más o menos, bien remunerado.

Todo eso se ha acabado, al menos de momento. Los jóvenes ya se van dando cuenta de que serán muy excepcionales los casos en los que puedan ejercer la carrera elegida, mucho menos conseguir un puesto para toda la vida y muchísimo menos un trabajo bien remunerado. Pero a esa misma conclusión llegan también personas que han consumido años o décadas de su vida en un trabajo estable, en una empresa solvente. Gente de más de 45 años que, de repente, se encuentran en la calle, despedidos sin derecho a réplica, arrojados a las tinieblas exteriores, hundidos en su autoestima personal y profesional.

Según datos de diciembre de 2009, en España están censadas más de 3.300.000 empresas, de las que el 94% son pequeñas sociedades que tienen entre 0 y 9 trabajadores. Hay, por tanto, un mínimo de 3.100.000 emprendedores detrás de ellas. Las motivaciones para iniciar el emprendimiento son muy variadas. Los emprendedores pueden ser vocacionales, por sí mismos o por provenir de una familia cuya tradición empresarial les aboca hacia la independencia laboral. En algunas ocasiones, esa vocación está latente en la persona pero no la ejercita hasta que de repente se presenta una oportunidad de emprender. En otras, se trata de un deseo radical de cambiar de vida, una necesidad de abandonar lo realizado y lanzarse a algo absolutamente novedoso. También, y sin ánimo de ser exhaustivo, la necesidad de emprender proviene de un deseo de emulación: si otros son capaces de hacerlo, ¿por qué yo no?

Pero quiero centrarme en dos perfiles que son los más habituales en los días que corren. Los emprendedores por accidente y los obligados a subirse al último tren.

Los primeros serían aquellos que descubren su verdadera vocación a raíz de algún acontecimiento imprevisto en su vida. Un despido, una separación matrimonial, la muerte de algún familiar o compañero… situaciones que en el momento de producirse pueden ser calificadas de verdaderamente catastróficas. En cualquiera de ellas, el mundo se te viene encima durante un tiempo hasta que te das cuenta de que no hay más remedio que salir adelante. Y eso puede llegar a descubrir unos valores que ni tú mismo sabías que poseías. Un despido laboral, después de muchos años de trabajo y esfuerzo, puede llegar a ser considerado cuando menos una injusticia. O incluso una decisión cuasi criminal. Pero también puede convertirse en una “bendición” para el resto de tu vida porque te va a permitir desarrollar una serie de potencialidades inexploradas hasta entonces.

Pero hoy en día son muchos más los emprendedores por necesidad. Las personas que han llegado a una edad donde se convierten en invisibles para el mercado laboral. Después de muchos años como empleados se ven obligados a autoemplearse porque ya no hay más caminos. Se trata de una decisión especialmente dura y difícil porque los años van en contra de la capacidad de reinventarse. Y sólo queda recurrir a la esperanza de que el ser humano es capaz de lograr lo que se propone, incluso en las circunstancias más adversas.

Sea cual sea el origen, lo importante es empezar. Decidirse a dar un paso que, en la mayoría de las ocasiones, es un verdadero salto al vacío. Tirarse de cabeza a la piscina sin haber comprobado que había agua. Algunos fracasarán, como es lógico, pero la mayoría logrará salir adelante. Cambiar la mentalidad española no es un objetivo fácil. Sucesivas encuestas realizadas en el ámbito universitario demostraban que la inmensa mayoría de los jóvenes anhelan un puesto de trabajo fijo en la empresa privada o ser funcionario del Estado.

Jóvenes y mayores de 45 años conforman los dos colectivos más expuestos y los más proclives a la creación de su propia empresa como única solución a su problema. De una situación terrible como la actual puede surgir un nuevo espíritu emprendedor tremendamente beneficioso para la sociedad en su conjunto.

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