Edición del 17 de Diciembre de 2017

El monumento a Antonio Machado, de Julio López Hernández

García Cordero




Este es el título de uno de los dibujos preparatorios de Julio López Hernández para la lectora que se sitúa en el monumento a Machado a los pies del relieve. Es esta figura femenina la que se proyecta más allá de la superficie para reflejarse corpórea, como en diálogo permanente con la poetisa sedente que […]

Este es el título de uno de los dibujos preparatorios de Julio López Hernández para la lectora que se sitúa en el monumento a Machado a los pies del relieve. Es esta figura femenina la que se proyecta más allá de la superficie para reflejarse corpórea, como en diálogo permanente con la poetisa sedente que tiene entre sus manos uno de los libros del sevillano. Como en un juego de correspondencias simultáneas, resultado de estímulos conscientes, la lectora reflexiona junto a su referente que se proyecta según una imagen ya mítica del fotógrafo Alfonso de 1933 tomada en el famoso café madrileño de las Salesas. Es ese ambiente cotidiano, afable, cercano pero al mismo tiempo lírico y trascendente el que caracteriza la escultura de Julio López Hernández.

Integrante junto a su hermano Francisco, Antonio López García, Amalia Avia, Isabel Quintanilla, María Moreno o su esposa Esperanza Parada del grupo conocido como “realismo madrileño”, su obra está impregnada además de un contacto directo con lo cotidiano y real, pero visto con ojos de poeta. No creo que sea afortunado el término de hiperrealista para calificar el arte de Julio López. Mucho más que la fría disección de la realidad, su obra está llena de sentimiento y tiene un alto poder de conexión con el espectador. Esa comunidad de intereses, sensaciones y vivencias que lo unieron en los años 50 a Antonio López, edificando entre ambos una gran amistad, ha sido el puente que ha devuelto la escultura de Antonio Machado a Sevilla para siempre. Y es que el maestro del realismo español en su estancia en la ciudad para atrapar sus colores y su luz, nos habló de lo mucho que los sevillanos habían perdido al no haberse podido culminar el proyecto de Jesús Aguirre de ver colocado el monumento a Antonio Machado en la ciudad que le vio nacer, cerca del patio y el huerto claro que alumbró sus poemas.

El relieve de Julio muestra las esencias más auténticas de su estilo fiel al universo plástico que esconde la tradición del quattrocento donatelliano. Un delicado sciachiato recorre la superficie del bronce acariciando la materia y dibujando, gracias a la incidencia de la luz, la efigie característica del poeta, la mesa del café de las Salesas, el teléfono, y en la parte inferior los álamos de la ribera del Duero y la lectora, abstraída en sus pensamientos, inmersa en su lectura.

Otra de las cualidades de la escultura de Julio es el inmenso poder de comunicación que hay detrás de sus imágenes. Melancolía, añoranza, ternura, dignidad y verdad son palabras que surgen cuando contemplamos algunas de sus obras que parecen inmutables en el transcurrir del tiempo. Y sin embargo muchas de ellas, como el vuelo de la alondra que tiene Federico García Lorca en sus manos, son producto de la instantánea, de un momento fugaz, apenas el instante de iniciar su vuelo, que en cambio el artista ha sabido condensar, detenerlo para que dure eternamente.

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