Edición del jueves 23 de Noviembre de 2017

Isla Cristina: las salinas del espía

Sevilla Post




Era alemán y se hacía llamar Juan. Hace casi 60 años llegó a España con el propósito de producir sal para su país. Dicho y hecho, mandó construir unas salinas en Isla Cristina. Los dueños de La Flor de Sal aseguran que Juan era un espía.

Corría el año 54 del siglo pasado cuando Manuel Gómez Rodríguez empezó a construir unas salinas en la marisma entre Isla Cristina (Huelva) y el Pozo del Camino, una pequeña pedanía cercana.

Resulta que un alemán de apellido impronunciable llamado Juan y apodado, claro,  ‘el alemán’, llegó por esos pagos buscando sal para importar a su país. Lo enviaba una empresa de cosméticos llamada Biomaris. Contactó con Manuel en el Pozo del Camino y después de un año de trabajo las salinas eran un hecho.

Biomaris era la propietaria, aunque figuraban a nombre de Rita Milá, esposa española de el alemán –que era el gerente–, ya que en esa época, posterior a la Segunda Guerra Mundial, los germanos no podían adquirir propiedades.

Salinas Biomaris de Isla Cristina. Al borde de cada pila se ven cajones de Flor de Sal recién recogida secándose al sol.

Las salinas funcionaban bien. Toda la sal viajaba para Alemania y Biomaris pudo formalizar su propiedad una vez levantado el veto. Las habladurías aseguraban –nos encontramos en pleno medio rural costero andaluz a finales de los 50 del siglo XX– que con la sal de Isla Cristina se fabricaban bombas.

Y en éstas muere Juan.

Los dueños de Biomaris viajan hasta el Pozo del Camino con el objetivo de deshacerse de las salinas y es Manuel Gómez Rodríguez el que las compra al alcanzar, tras una negociación no excesivamente complicada, un ventajoso acuerdo.

El trabajo fue duro, ya que había que seguir con la producción y, además, crear líneas de comercialización en la zona, ya que antes todo iba para Alemania.

Todo el proceso de producción es artesanal.

Manoli Gómez acaba de contarnos la historia de las salinas Biomaris (“… con el tiempo nos enteramos de que Juan era un espía, nos lo dijo su hermano, que también lo era, trabajaba en Cádiz y se quedó por allí…”) y sonríe cuando asegura que “desde entonces no ha cambiado nada, seguimos haciéndolo todo igual…”. Es la hija de Manuel, dirige el negocio (con la ayuda de su familia) y lleva a gala que la producción de las salinas sea completamente artesanal.

“Es importante, porque nuestra sal, a diferencia de las salinas industriales, tienen yodo, flúor y magnesio. Las otras son cloruro sódico puro, tras secar la sal, picarla y lavarla”.

Las salinas siguen manteniendo el nombre de la época alemana (Biomaris) y ocupan unas 100 hectáreas de las más de 2.000 que tiene el paraje natural Marismas de Isla Cristina. “Esto es como el campo, la temporada va desde abril o mayo hasta las lluvias de otoño y unas son mejores y otros peores. Hemos llegado a producir 400 toneladas, pero la cosa ha ido disminuyendo”.

Eso sí, imaginación no falta en las salinas de Isla Cristina. “No dejamos de investigar. Hace unos años empezamos a hacer Flor de Sal con distintos aliños (alhucema y ñora) y ahora tenemos jabón y aceite de magnesio, que son muy buenos para la salud. La sal de aquí es diferente, lo que hace falta es que la gente se dé cuenta“.

 

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